
Largo tiempo ha pasado desde que te vi por primera vez.
Apareciste fugazmente en mi vida,pero me llamaste la atención.
Aparecías de manera intermitente, intrigándome, provocando sensaciones nuevas en mi.
Nunca podía ver tu rostro de frente, te escabullías tan rápidamente como aparecías.
No conocía tampoco tu nombre.
Los años fueron pasando, me acostumbré a tus apariciones cada vez más constantes, aunque breves aún.
Aparecías cuando menos lo esperaba, sin avisar de tu llegada.
Me fascinaba tu presencia, emociones encontradas surgían, cambiaban, desaparecían, una y otra vez...
Podía pasar horas e incluso días pensando en ti, sin saber quien eras, pensando como podría conocerte, buscando quién podría presentarnos.
Pasaban los meses y luego los años, y la convivencia que teniamos desde hace tiempo, me ayudaba a reconocer cuando estabas por llegar, pero aún había ocasiones en que llegabas sin anunciarte, como en aquellos primeros tiempos.
Me acostumbre a pasar tiempo juntos, me acompañabas en mis actividades diarias por el día y no me dejabas dormir en esas largas noches de insomnio.
Las personas me preguntaban quien eras, algunas decían reconocerte, pero la mayoría te confundía con otra. Yo no sabía que responder cuando me preguntaban tu nombre. Solamente sabía que eras mi compañera. Que llegabas cuando todo el mundo se alejaba. Sabía que incluso en las noches más frias cuando nadie compartía mi cama, podría contar contigo para hacer más fría la noche. En los días sin sol, tu compañía podía oscurecerlos aún más. Estabas ahi. Rondandome siempre. Revoloteando como las mariposas al rededor de las flores en primavera.
Tanta era la insistencia por acompañarme que comencé a preguntar por ti. Me di cuenta de que no era yo el único al que pretendias. Eras una mujer fácil que andaba con una y con otro, con mil a la vez... Alcancé a reconocer tu silueta y tu fría mirada acompañando incluso a algunos de mis amigos. Y llegó alguien que me dijo tu nombre por primera vez, ella te conoció personalmente y me dijo que ahora me acompañabas de manera muy cercana, pero aún tenía la posibilidad de deshacerme de ti.
Al principio no lo creí, pensaba (hombre al fin y al cabo...) que yo no podía ser tan vulnerable a tus encantos, que no me dejaría embriagar por tu intenso perfume, pero al analizar un poco las cosas, me di cuenta que los detalles encajaban... cada beso que me dabas me hacía caer un poco más. Si seguía así, en poco tiempo no podría resistirme a tus encantos.
Y así, acudí a alguien que podría decirme tu nombre y la manera en que me estabas envolviendo poco a poco.
Después de tanto tiempo de conocerte.
Ahora tienes un nombre y un rostro.
Depresión.
MDRR
Orizaba
19/enero/2009
